Ha llegado. Tras años de advertencias desde las salas de profesores y los despachos de orientación, la Consejería ha movido ficha. Tenemos un flamante "Protocolo de intervención ante riesgo suicida" y unas instrucciones para el personal de Psicología Educativa. Suena bien, ¿verdad? Suena a que por fin se toman en serio la salud mental de nuestro alumnado.

Pero en educación, y más en Canarias, hemos aprendido a leer la letra pequeña. Y a desconfiar de los titulares grandilocuentes. Porque un protocolo, sin medios, sin formación y sin recursos, no es más que un documento guardado en un cajón. Un documento perfecto para sacar en una rueda de prensa o para adjuntar en un informe tras una desgracia. Un paraguas burocrático.

No nos malinterpreten: la existencia de un marco de actuación es necesaria. Es un primer paso. La pregunta es si será el único.

¿Qué dice el nuevo protocolo? Lo que se sabe

El documento establece, en teoría, una hoja de ruta clara cuando se detecta una situación de riesgo. Habla de prevención, detección, intervención y seguimiento. Palabras clave que todos queremos oír.

El plan se articula sobre la coordinación entre el centro educativo, la familia y los servicios sanitarios. Y en el centro de todo, una figura clave: el psicólogo educativo. Un profesional cuya incorporación al sistema se celebra, pero cuya efectividad real está por ver.

Según señalan fuentes sindicales, la aprobación de este protocolo en Mesa Sectorial es un avance, pero alertan de que el verdadero reto empieza ahora: dotarlo de contenido real y presupuesto. Sin eso, es un brindis al sol.

Porque, ¿de qué sirve un protocolo si el profesor que detecta las señales no tiene formación para interpretarlas? ¿De qué sirve un psicólogo si tiene que atender a 2.000 alumnos de tres centros distintos?


El psicólogo educativo: ¿un superhéroe sin capa o un administrativo más?

La gran novedad es la regulación de las funciones del personal de Psicología Educativa. Se les encomienda la tarea de coordinar, asesorar y, en casos graves, intervenir. Son el enlace, el especialista, la referencia.

El problema es la escala. La salud mental en la adolescencia es una pandemia silenciosa. Las aulas son un reflejo de una sociedad con cada vez más ansiedad, depresión y problemas de autoestima. Pretender que una sola persona, por muy cualificada que esté, pueda sostener la salud mental de todo un centro educativo es, como poco, ingenuo.

Las preguntas que el protocolo no responde

Este nuevo marco deja más preguntas que respuestas. Y son preguntas que nos afectan a todos en el día a día del centro.

  • La ratio: ¿Cuál será la proporción de psicólogos por alumno? Este dato, el más importante de todos, sigue en el aire. Sin una ratio asumible, la figura del psicólogo se diluye.
  • La formación del profesorado: ¿Se va a implementar un plan de formación serio y obligatorio para que tutores y profesores tengamos herramientas de detección? ¿O se espera que lo hagamos por intuición?
  • La coordinación con Sanidad: ¿Existen canales realmente ágiles para derivar casos a Salud Mental? Quien haya intentado hacerlo sabe que la espera puede ser de meses. El protocolo no crea más psiquiatras ni acorta las listas de espera.
  • ⚠️ La carga burocrática: ¿Cuántos informes, actas y documentos acompañarán cada actuación? El miedo es que el tiempo del psicólogo se vaya en rellenar papeles en lugar de en atender a los chicos y chicas que lo necesitan.

¿Qué puedes hacer tú como docente ante esto?

Que el panorama sea crítico no significa que debamos quedarnos de brazos cruzados. Este protocolo, con todas sus carencias, es ahora nuestro marco de actuación. Y debemos usarlo.

Exige conocer el documento: Pide al equipo directivo una copia del protocolo y de las instrucciones. Organiza reuniones de ciclo o departamento para analizarlo. El conocimiento es poder (y protección legal).

Apóyate en Orientación: El orientador u orientadora de tu centro sigue siendo tu primer y mejor aliado. Ahora, con el psicólogo educativo (si llega), el equipo debería reforzarse. Coordínate con ellos.

Documenta cada paso: Si detectas una posible situación de riesgo, sigue los cauces establecidos y documéntalo todo por escrito. Comunícalo a jefatura de estudios y orientación. Es tu responsabilidad y tu salvaguarda.

Demanda formación: No te conformes. Propón en el claustro la necesidad de formación específica. Que la administración vea que la demanda no es de los sindicatos, sino de las bases.

Este protocolo no es una varita mágica. Es una herramienta. Y como cualquier herramienta, será inútil si no va acompañada de recursos, personal y voluntad política real para usarla. De momento, es solo un papel. Depende de todos que se convierta en algo más.